PEATON: DESPEDIRSE TAMBIEN ES UNA FORMA DE QUEDARSE



Arequipa ha sido cuna de muchos proyectos musicales entrañables, pero pocos han sabido conjugar con tanta honestidad la ternura, la introspección y la perseverancia como Peatón. Detrás de ese nombre sencillo, casi tímido, está Pablo: un músico que, después de tocar percusión en otras bandas, decidió andar su propio camino. Y ese camino —como tantos que se recorren en silencio— empezó con una caminata, solo, por la ciudad. Ahí, entre el ruido del tráfico y el murmullo de su mente, le vino a la cabeza un nombre que no solo era apropiado, sino inevitable. Peatón era él: alguien que avanza sin prisa, sin autos, sin velocidad que lo atropelle.

Desde entonces, su música ha sido su manera de existir. Pablo no necesitó un estudio lujoso ni una banda consolidada para empezar. Bastó con su guitarra, su voz y el deseo de decir lo que le dolía, lo que le pasaba, lo que a veces no podía poner en palabras. Su primera canción, “Hendidura”, nació desde el desgarrón que deja una relación rota. A partir de ahí, su proceso creativo fue creciendo con él. Empezó a grabar ideas con su celular, a experimentar con programas de mezcla, a aprender —solo y con paciencia— todo lo que necesitaba para producir su música. La libertad de crear lo que quisiera, cuando quisiera, también traía consigo la soledad de tener que sostenerlo todo.

Este 25 de abril marcará su última presentación como Peatón. No es un adiós a la música, sino a los escenarios. Pablo no lo vive como una ruptura, sino como un cambio necesario. A veces la pasión necesita pausas, y él lo entendió después de cargar por años con la logística emocional y física de sostener un proyecto solista. El deseo de seguir componiendo sigue intacto, incluso más fuerte. Pero ahora lo hará desde otro lugar: más tranquilo, más íntimo. Volverá a la raíz que lo hizo empezar, esa raíz que nunca fue la fama ni el ruido, sino la necesidad de expresar lo que vive por dentro.

Durante estos años, Peatón ha sido una rareza hermosa en la escena arequipeña. Su pop suave, chill, melódico, no encajaba del todo en los carteles dominados por el punk o el rock, pero encontró su público: oyentes que buscaban algo más honesto, más cercano. Pablo dice que la pandemia fue una incubadora para muchos artistas nuevos en Arequipa, y celebra que ahora haya más diversidad y más hambre de música propia. Como productor, valora a quienes se atreven a sonar como ellos mismos desde el inicio. Y como artista, ha aprendido que la batalla más dura es con uno mismo: con los miedos, con la autoexigencia, con las ganas de tirar la toalla.

Como ya es tradición en esta casa —donde siempre preguntamos a los músicos con qué canción cerrarían su carrera—, Pablo también recibió esa pregunta. Pero esta vez, no fue hipotética. Su respuesta, sin embargo, prefirió guardársela. Lo que sí adelantó es que su última presentación será un recorrido por su historia musical, acompañado por bandas amigas como Reverb Chamber, Vida en Marte, Conejitos Suicidas, Baiao y más. Será una despedida con calma, con memoria y con gratitud. Porque a veces retirarse también es saber cuidar la llama. A veces elegir el silencio también es música. Y eso, en esta escena ruidosa y apurada, también es un acto de valentía.

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