YA NO TENGO 17 AÑOS



Cuando comencé este blog, todavía era una adolescente. Me estaba mudando sola a una nueva ciudad, llena de emoción y con ansias de comerme el mundo. Pero justo cuando mi aventura comenzaba, la pandemia me golpeó en la cara, y me encontré viviendo gran parte de esa etapa encerrada en casa. Fue entonces cuando surgió este proyecto, con el entusiasmo de compartir mis vivencias. Desde ese momento, mi vida ha sido un torbellino de cambios, y la constancia se me hizo difícil de mantener.

Ahora, con 21 años, ya no soy una adolescente, pero sigo sintiendo esa misma pasión por vivir y explorar. He ganado más sabiduría y un deseo indomable de dejar mi huella, de hacer algo importante y recordarme a mí misma que he vivido plenamente. Estos últimos cuatro años no han sido en vano; han sido esenciales para mi crecimiento y desarrollo, y cada año me ha enseñado una lección valiosa.

Mis 18 me enseñaron sobre la importancia de la salud mental. Aprendí que cuidarla es necesario y que está bien ser diferente. Aceptar que soy suficiente tal y como soy, sin necesidad de demostrar nada, fue un proceso duro. Mi mente no es neurotípica, y abrazar mi neurodivergencia fue desafiante, pero transformador. La depresión y la ansiedad me hicieron tocar fondo, pero fue en esos momentos oscuros donde aprendí a pedir ayuda, a dar el primer paso para salvarme. De mis 18, me llevé herramientas para gestionar mis emociones y la capacidad de perdonarme, reconciliándome con la adolescencia difícil que había vivido.

Mis 19 y 20 fueron años llenos de pruebas. Parecía que luchaba contracorriente, como si el universo me preparara para algo más grande. Fue a los 20 cuando enfrenté mis mayores retos. Mi salud se convirtió en el protagonista, y casi perder la vida es un episodio que dejaré para otra ocasión. Lo que importa ahora es un instante que me marcó profundamente:

Estaba sentada con mi madre frente a una mesa, esperando los resultados médicos. Todo se sentía en cámara lenta. Observé un árbol a través de la ventana, dejando que el sonido rítmico de la impresora calmara mi mente. Podía sentir el nerviosismo de mi madre, pero sabía que tenía que mantenerme tranquila. Luego vino el diagnóstico, y aunque no entendía del todo, sabía que esa enfermedad podría significar el fin.

¿Iba a morir? Acababa de cumplir 20 años, una edad donde se supone que la vida apenas empieza. Sentí indignación más que miedo. ¿Cómo era posible que la muerte me buscara si apenas había vivido? Pensé en mi reciente amor, preguntándome si sería el último, si esas historias de amor quedarían sin escribir. Pensé en todo lo que no había hecho: no me equivoqué lo suficiente, no arriesgué lo suficiente, no amé, ni reí, ni bailé lo suficiente. ¿Cómo iba a morir si aún sentía que no había hecho nada lo suficiente? Me di cuenta de que merecía más, mucho más.

Pero aquí estoy, contándote mi historia. Sobreviví, y esa experiencia lo cambió todo. Me prometí a mí misma que viviría plenamente y con intención. Me di nuevos mantras:

TODO PASA: Lo bueno y lo malo, todo es temporal. Las lágrimas se secan y el dolor se disipa, pero las risas y los momentos felices también se van. Por eso, hay que disfrutar cada instante mientras dure.

RECUERDA VIVIR: Pasé mi adolescencia temiendo el futuro, atrapada en la frustración del presente. Ahora vivo el aquí y el ahora, disfrutando cada momento.

Ya no tengo 17. Ya no soy esa chica asustada que soñaba con un futuro que parecía no llegar nunca. Ahora tengo 21, y aunque no tengo todas las respuestas ni un mapa claro de lo que viene, hay algo que sí sé: la vida es un viaje lleno de curvas inesperadas, y estoy aquí para vivirlo con todo lo que tengo.

Lo que más me emociona no es tener todo resuelto, sino la incertidumbre de lo que me espera. Sé que seguiré cambiando y que cada día trae la oportunidad de algo nuevo, algo significativo, algo emocionante. Ya no me frena el miedo a equivocarme; de hecho, estoy ansiosa por lanzarme, caer y aprender en el proceso. Porque si hay algo que he aprendido de estos años, es que la vida no se mide por lo perfecta que es, sino por lo vivida que la hacemos.

Quiero bailar como si nadie estuviera mirando, amar con todo mi corazón y reír hasta que me duela el estómago. Quiero fallar, tropezar y levantarme con más fuerza, sabiendo que todo eso es parte de ser humana, parte de estar viva. Mi historia no se ha acabado, y aunque no sé cómo terminará, sé que estoy decidida a escribirla de la manera más auténtica y vibrante posible.

Así que aquí estoy, lista para lo que venga. Ya no miro al futuro con temor; ahora, lo miro con la misma hambre de vivir con la que empecé este viaje. Estoy emocionada, estoy presente, y estoy lista para comerme el mundo, una aventura a la vez.


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