CRÓNICAS DE UNA BRUJA 01: UN ESTALLIDO SONORO AL PIE DEL VOLCÁN
El 8 de marzo, Arequipa fue testigo de una de esas noches que se sienten más como un punto de quiebre que como un simple concierto. Maldito Antisocial, Claustrofóbicos, Lázaro Suplica Dopamina, ZeZe y el Club de los Poetas Muertos tomaron un escenario que no solo se encendió con luces y distorsión, sino con la entrega total de un público que, cada vez más, deja claro que la escena independiente en Perú no es una promesa, sino una realidad ardiendo con fuerza. Sold out. Bandas con música propia. Un público que exige más. ¿Quién hubiera dicho que estábamos ante un fenómeno tan necesario?
La fila fuera del WECCO ya era una señal de lo que se venía. Desde horas antes, la gente se congregaba, lista para recibir una descarga de música que prometía marcar una noche inolvidable en la escena alternativa arequipeña. Pasadas las 9:15 p.m., Zeze abrió la noche con la difícil tarea de encender la primera mecha, pero lo hicieron con precisión: los primeros acordes bastaron para que el público entrara en sintonía con lo que sería un viaje sin frenos.
Entonces, Lázaro Suplica Dopamina apareció para echar gasolina al fuego. La banda arequipeña, que se está consolidando como una de las más frescas y poderosas del momento, explotó en el escenario. Desde los primeros riffs, el público se volcó por completo. Pero el punto de no retorno llegó con Puchito: un estallido de gritos, saltos, cuerpos chocando en un frenesí que encapsuló el hambre de una generación por música auténtica. Había electricidad en el aire, de esa que solo se siente cuando algo grande está pasando.
Y cuando la noche ya estaba en llamas fue el turno de Claustrofóbicos de tomar el escenario. Pero lo que hicieron fue más que tocar: devoraron, destruyeron y reconstruyeron el espacio a su medida. Cada acorde, cada golpe de batería, cada grito, todo era parte de una catarsis colectiva que hizo que el público se volviera parte del show. No había barreras. No había un “ustedes” y un “nosotros”. Solo una masa de energía cruda entregados a lo que estaba pasando. Entonces, ocurrió lo inevitable: la gente comenzó a subirse al escenario, literalmente estaban entregandose al show casi como una ofrenda, no como un acto de rebeldía descontrolada, sino como una necesidad visceral de ser parte de lo que estaba pasando. Claustrofóbicos manejó el caos con una elegancia salvaje, demostrando que lo suyo no es solo ruido, sino un lenguaje propio. Y cuando los problemas técnicos aparecieron, los resolvieron con el aplomo de quienes han aprendido a convertir la adversidad en parte del espectáculo. El público no pedía más; exigía más. Y la banda se los dio, sin reservas.
Luego de la devastación que dejó Claustrofóbicos, El Club de los Poetas Muertos tomó el relevo con la certeza de que el público ya no era el mismo que había llegado horas antes. Ahora eran una multitud transformada, completamente entregada a la música. Y ellos no desaprovecharon la oportunidad. Cada nota resonó como si hubiera sido escrita para esa noche en particular. No era solo una cuestión de técnica o ejecución impecable. Era la sensación de que estábamos presenciando algo irrepetible, un momento suspendido en el tiempo donde la música y el público se encontraban en su punto más puro.
Y entonces, llegó el cierre que merecía la noche, Maldito Antisocial tomó el escenario con la determinación de hacer de su primera vez en Arequipa una de esas que se recuerdan para siempre. No llegaron a tocar. Llegaron a incendiar. Desde la primera nota, se sintió la presión en el aire, el clímax de una noche que se había construido poco a poco y que ahora estaba en su punto de ebullición. Era velocidad, era rabia, era celebración, era un grito en conjunto de todo lo que la música puede significar para una generación que necesita explotar. Las chicas subían al escenario, la gente coreaba cada letra como si fuera su última oportunidad de hacerlo. Las guitarras resonaban como sirenas, la batería marcaba el pulso de un corazón colectivo y la voz rugía como un manifiesto de resistencia. Y en medio de todo eso, el público era parte de la banda y la banda parte del público.
Lo ocurrido aquel sábado en Arequipa, en la avenida Parra, en el Wecco, no fue solo un concierto. Fue una declaración de principios. Fue la prueba de que la escena alternativa peruana está más viva que nunca, que el público está sediento de música propia y que Arequipa coquetea para convertirse en el epicentro de este fenómeno musical que anda recorriendo todo el Perú. Pero sobre todo es el publico que hace posible todo esto y los arequipeños demostraron porque en vano no se nace al pie de un volcán.
Aquí se forjan las cosas con fuego. Y aquella noche, ese fuego ardió más fuerte que nunca. Que esta sea la primera de muchas noches donde la música sea un acto de resistencia, de celebración y de catarsis. Porque lo que pasó aquí no fue solo un show. Fue una historia épica.






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