DIARIOS DE UNA BRUJA

 

Capitulo 06: Bruja sin Aquelarre

Crecí en un colegio de monjas, rodeado de mujeres fuertes, mujeres con fe, mujeres con una convicción inquebrantable. Me educaron en la certeza de que todo tenía un orden, un propósito, un papel ya impuesto por lo divino, un destino trazado por algo superior. Desde pequeña aprendí que la vida debía ser guiada por la fe, que el sacrificio era una virtud y que la duda, esa sombra que siempre ha caminado conmigo, era peligrosa. Me enseñaron a creer, pero nunca a pertenecer.

Desde niña, supe que había algo en mí que no terminaba de encajar. No porque fuera especial, sino porque parecía que nunca lograba adaptarme del todo a ningún grupo, a ninguna idea, a ningún concepto cerrado. Mientras mis compañeras hablaban con ilusión de sus sueños futuros, de matrimonios y familias, de la vida que esperaban construir, yo imaginaba otra cosa. No soñaba con un amor épico, ni con un Romeo, ni con una Julieta. Soñaba con un grupo, un conjunto al cual pertenecer. Un lugar donde pudiera hablar sin temor, donde mis preguntas no fueran incómodas, donde pudiera existir sin sentir que debía justificar mi manera de ser.

Pero a medida que fui creciendo, noté que eso tampoco llegaba. Pensé que era mi pequeño pueblo el que me hacía sentir así, como si estuviera fuera de lugar. Pensé que en otra ciudad encontraría mi espacio, que en otro entorno encontraría a las personas con quienes mi forma de ver el mundo tendría sentido. Pero me fui, y la sensación no desapareció. Nunca desapareció.

Recuerdo claramente el día en que estudiamos la cacería de brujas en la escuela. Mujeres condenadas no por hacer el mal, sino por ser diferentes. Mujeres que desafiaban lo impuesto, que se salían del molde, que pensaban más de la cuenta, que no se sometían con la misma facilidad. Si no encajabas, eras peligrosa, eras pecado. Si no obedecías, eras herejía. Eras una bruja. Aquello quedó flotando en mi mente como una advertencia: ser distinta tiene un costo.

¿Pero tan malo no encajar? No encajé en mi pueblo, donde mis ideas eran demasiado grandes y mis cuestionamientos demasiado incómodos para oidos conservadores y miradas juzgadoras. No encajé en la academia, donde a veces mi amor por el arte me hacía parecer ingenua. No encajé en el arte, donde mi mentalidad estructurada me hacía sentir un fraude. Siempre fui demasiado algo para alguien. Demasiado racional para los artistas, demasiado emocional para los académicos. Demasiado callada en algunos lugares y demasiado intensa en otros.

Y durante mucho tiempo, pensé que el problema era yo. Que había algo roto en mí que necesitaba arreglar para poder encajar en algún lado.

Intenté moldearme. Intenté encontrar un lugar donde pudiera pertenecer al 100%. Pero nunca lo logré. Porque cada vez que creía estar en el sitio correcto, algo dentro de mí me recordaba que había una parte de mí que no terminaba de encajar, que me hacia sentir como una infiltrada, una extranjera sin patria. Siempre había algo que alguien rechazaba de mí.

Hasta que un día me di cuenta de que ese lugar, ese aquelarre al que siempre había querido pertenecer, simplemente no existía. Y eso estaba bien. Porque entendí que no necesito encajar. No necesito que un solo espacio me acepte por completo.

No soy 100% académica, ni 100% artista. No soy 100% nada, porque soy 100% yo.

Y eso es más que suficiente. No tengo un aquelarre, pero encontré mi voz. Y en lugar de seguir buscando un solo lugar al que pertenecer, decidí crear pequeños refugios en las personas que realmente me ven.

A mis amigos artistas, les entrego mi lado más sensible, mi vulnerabilidad, mis palabras torpes convertidas en poesía, mis dibujos rancios en las esquinas de mi libreta. A mis amigos académicos, les comparto mi obsesión por aprender, mi sed insaciable de conocimiento, mi deseo de entender cada rincón del universo. No pertenezco por completo a ellos, pero en cada uno dejo una parte de mí.

Tal vez nunca encaje en un solo espacio, pero eso dejó de importarme. Porque al final, me di cuenta de que no hay un solo lugar al que pertenezco.

Después de todo, soy una bruja sin aquelarre.

Capitulo 05: ¿Mujeres? ¿Hombres? ¿Qué más da?

2020

Cuando era niña, me contaron innumerables historias de amor. Siempre había un caballero, una princesa y un final feliz. Crecí rodeada de cuentos donde el amor tenía una fórmula exacta, sin margen de error, sin otras posibilidades. Él y ella, ella y él, enamorándose, superando obstáculos y siendo felices para siempre. Me convencieron de que esa era la única manera de amar.

Pero algo no encajaba del todo. No es que me parecieran historias falsas ni que no me gustaran; de hecho, muchas veces las disfruté con la ingenuidad de quien no se ha cuestionado nada todavía. Pero en algún rincón de mi mente siempre quedaba una pequeña duda, un murmullo que me hacía preguntarme si realmente el amor tenía una única forma, si de verdad estaba destinada a enamorarme de un hombre, casarme, tener hijos y repetir la historia que había escuchado una y otra vez.

Esperaba que, en algún momento, ese famoso "bichito del amor" del que tanto hablaban me picara. Escuchaba a mis amigas contar con emoción sobre los chicos que les gustaban, sobre los mensajes que las hacían sonreír en medio de clases, sobre el primer beso que les robaba el aliento. Yo las escuchaba con atención, esperando que, tarde o temprano, sintiera lo mismo. Pero no pasaba. No había nervios en mi estómago, no había suspiros al ver a alguien en particular, no había una chispa que me hiciera sentir que estaba entrando en esa etapa de la vida. Por un tiempo, pensé que tal vez simplemente yo no estaba hecha para el amor.

Desde los cinco años fui educada por religiosas. La fe, la devoción y el amor a Dios estaban presentes en cada rincón de mi formación. No solo me enseñaron a rezar, sino a entender la vida como un acto de sacrificio, de entrega, de servicio a un propósito mayor. En ese mundo, el amor también tenía otro significado. Un día, en mi curiosidad infantil, le pregunté a una de las hermanas por qué había decidido ser religiosa. No entendía todavía la complejidad de esas decisiones, así que su respuesta fue simple y directa: "Nunca me enamoré de un hombre. Dios llenó ese espacio en mi vida".

En ese momento, todo hizo clic. Si yo tampoco me había enamorado de un hombre, ¿y si lo mío era ser monja? Me río ahora al recordarlo porque la lógica de una niña de pocos años rara vez tiene sentido, pero en aquel entonces, me pareció la explicación más razonable del mundo. Tal vez nunca me enamoré porque ese no era mi camino. Tal vez mi destino no era seguir la historia de amor que me habían contado tantas veces, sino encontrar otro tipo de amor, uno más espiritual, más profundo, más grande.

Pasé años con la idea fija en la cabeza. Incluso llegué a hablar con mis padres al respecto. Me escucharon con paciencia y me hicieron una promesa: "Cuando tengas 18, si sigues queriendo ser religiosa, será tu decisión. Solo sé paciente". Yo acepté sin dudar. Estaba convencida de que eso era lo que quería, de que había encontrado la respuesta a todas mis preguntas.

Pero con el tiempo, las certezas se desmoronan. La vida se encarga de mostrarte lo que no sabías que existía. Mi educación religiosa me había dado reglas claras, respuestas firmes, una visión del mundo sin fisuras. Pero entonces crecí, viajé, conocí nuevas personas, escuché historias que nunca antes había imaginado. Y, sin darme cuenta, comencé a cuestionarlo todo.

Las dudas llegaron en silencio, como pequeñas grietas que se expanden lentamente. Al principio eran solo pensamientos fugaces, "¿y si…?", "¿qué pasaría si…?", "¿y si hay algo más allá de lo que me enseñaron?". Pero las preguntas no desaparecían, solo crecían. Por un lado, estaba mi educación, las creencias que me habían acompañado desde la infancia, el peso de la fe en mi vida. Por el otro, estaban las experiencias nuevas, la sensación de que tal vez el mundo era más amplio de lo que había imaginado. Y en el medio estaba yo, sintiéndome una traidora por atreverme a dudar.

Hubo noches en las que lloré en silencio. Le pedí a Dios que me hiciera "normal", que me quitara esas preguntas, que me devolviera la certeza que antes tenía. Ahora, con la claridad que solo el tiempo te da, me doy cuenta de lo absurdo que era. Lo que no era normal no era mi forma de amar. Lo que no era normal era llorar por algo tan natural. Pero en ese momento me sentí equivocada, fuera de lugar, como si estuviera fallando en algo esencial.

Hasta que un día, después de tanta lucha interna, me encontré en un vacío espiritual. Y en ese vacío, con mucho miedo, me acepté. Me gustaban las mujeres. Me encantaban. Y por primera vez, dejé de sentirme rota.

Pero la historia no terminó ahí. Poco después de aceptar que me gustaban las mujeres, algo inesperado sucedió: me di cuenta de que también podía conectarse románticamente con los hombres. En un principio, me confundió aún más. Cuando crees que tu única lucha es aceptar tu sexualidad, parece que no hay más terreno para la confusión. Pero de pronto, surgió otra pregunta: "¿y si no era solo una cosa o la otra?".

Me tomó tiempo entenderlo, pero cuando lo hice, sentí paz. No tenía que elegir un bando. No tenía que encajar en una caja que nunca fue hecha para mí. Descubrí que no era "100% mujeres" ni "100% hombres". Simplemente, mi amor no tenía límites.

Salí del clóset en 2020 y desde entonces no he vuelto a rezar ni a llorar pidiendo ser "normal". Porque entendí que si hay algo que no necesita una etiqueta, es el amor. Porque entendí que nadie más que yo define a quién quiero o cómo quiero amar. Porque entendí que hombres, mujeres… qué más da.

Porque entendí que soy libre.

Capitulo 04: El cuento de la niña terrible 

2023
Si pudiera decirte algo ahora que ya no hablamos, te preguntaría todo.

Todo lo que sé y lo que no sé. Todo lo que nunca nos dijimos, lo que quedó flotando entre nosotras sin respuesta. Me gustaría conocerte otra vez, pero no con los ojos del amor, sino con la sinceridad de una amistad. Con el tipo de honestidad que solo puede surgir cuando las expectativas románticas desaparecen y solo queda la esencia de dos personas que se cruzaron en un momento de sus vidas.

Siempre pensé que hubiéramos sido mejores amigas que pareja. Y el tiempo me dio la razón. No porque no hubiera cariño, ni momentos sinceros, ni risas compartidas. No porque no funcionáramos en lo nuestro, sino porque tal vez lo nuestro nunca debió ser lo que intentamos. Porque a veces, la admiración y la fascinación se confunden con amor. Porque a veces, el deseo de estar cerca de alguien te hace ignorar las señales que dicen que ese vínculo, aunque fuerte, no estaba destinado a ser lo que queríamos que fuera.

Ella era increíble. De esas personas que tienen una energía magnética, que parecen estar siempre en sintonía con el mundo de una manera diferente. Una niña terrible en el mejor sentido de la palabra. De esas que no siguen mapas, sino que crean caminos. Que desafían, que provocan, que despiertan en los demás una mezcla entre admiración y curiosidad. Y yo… bueno, yo era yo.

Me atrapó tan rápido que ni siquiera me di cuenta. Corrimos sin mirar atrás, velozmente. Nos lanzamos a algo que no tenía cimientos, sin preguntarnos si realmente queríamos lo mismo, sin asegurarnos de que nuestras sombras encajaban en la misma luz. Si me hubiera detenido un poco, tal vez habría entendido antes que lo nuestro no estaba destinado a durar. Que tal vez solo debimos haber sido grandes amigas, compañeras de caos, cómplices de madrugadas y teorías absurdas sobre la vida.

Aún me gustaría serlo. Pero no sé si ya es demasiado tarde.

¿Me enamoré de ella o de lo que representaba? Este capítulo no es solo sobre ella. Es sobre mí enamorándome de ella.

Porque sí, me enamoré. Hasta donde pude hacerlo. Hasta donde supe hacerlo. Eso no lo cuestiono.

Lo que nunca supe es si fue mutuo. Si yo fui una elección o solo una historia más que tenía que vivir. Si alguna vez sintió por mí lo que yo sentí por ella o si simplemente fue el momento, la novedad, la adrenalina de correr sin mirar atrás. Pero este blog es sobre mí, así que qué más da.

Lo que me gustaba de ella no era solo ella, sino todo lo que la rodeaba. Su presencia. Su energía. Era un imán. De esas personas que inevitablemente quieres en tu vida, sin importar de qué manera. Querías saber de ella, hablar con ella, escucharla, simplemente estar cerca. Porque su existencia era como un fuego y, de alguna manera, yo quería quemarme un poco en ese incendio.

Ella llamaba la atención sin esfuerzo. Y me llamaba a mí. Y sí, estar cerca de ella me hacía sentir importante. Me hacía sentir especial.

Como si, por compartir su espacio, yo también absorbiera un poco de su brillo. Como si estar con ella hiciera que el mundo me viera de otra manera.

También me toca decir perdón, Niña Terrible. Perdón si no te quise como debías, ni siquiera yo sabía cómo hacerlo.

No eran acaso mis preguntas constantes:
"¿Cómo puedo hacerte sentir más amada?"
"¿Cómo puedo amarte mejor?"

Lo intenté. Con todas mis herramientas, con todo lo que tenía en ese momento. Pero a veces lo que damos no es suficiente para la otra persona. Y a veces, lo que la otra persona necesita es algo que ni siquiera sabemos que nos falta.

Pero continuando con el capítulo, llegamos a ese punto de inflexión que me hace decir: Vamos, no me jodas. No fue el final lo que me dolió, sino cómo terminó.

Porque lo que más me llevo de esto no es lo que fuimos, sino cómo se rompió. No porque falláramos. No porque no funcionáramos. Sino porque, vamos, fue una mierda.

Yo estaba enferma. Jodidamente enferma.

Y un día después de mi cumpleaños, después de que la noche anterior me dijeras que me amabas, te estabas despidiendo.

Así. Sin más. Eso fue cruel. Y lo sabes.

Ese es el recuerdo que pesa más. No la historia, no el amor, sino el final. Porque en ese momento me hiciste sentir que estar enferma me hacía indigna de amor.

Que ni siquiera merecía una pizca de empatía. Que lo que me pasaba no importaba lo suficiente como para que te quedaras. Pero elijo recordarte de otra manera. A pesar de todo, no quiero recordarte así.

No quiero que el final defina nuestra historia. No quiero que el dolor eclipse los momentos bonitos. Porque hubo belleza en nosotras. Hubo risas, hubo complicidad, hubo noches que parecían infinitas y tardes donde el mundo se sentía menos pesado solo porque existíamos en el mismo espacio.

Y eso también es parte de la historia. Así que, Niña Terrible, dejo todo eso atrás.

No te recordaré por la forma en que terminamos. Elijo recordarte como eras.

Brillante, intensa, imposible de ignorar.

La Niña Terrible.

Capitulo  03: Un visitante que nunca se va


2021- 2022
Hay batallas que se libran en silencio. A veces, son guerras internas que nadie más ve, luchas invisibles que se esconden detrás de una sonrisa, de una agenda ocupada, de una mente que nunca deja de trabajar. Yo pasé años peleando contra algo que no entendía del todo, y la peor parte es que ni siquiera sabía para quién estaba peleando.

Tal vez intentaba demostrarle algo a mi madre, o a mi padre. Tal vez quería probarme algo a mí misma. O tal vez solo quería que, por una vez en mi vida, alguien dijera: sí, eres suficiente.

Porque por años, no lo sentí así. El peso de ser suficiente. Cuando ingresé a la universidad pensé que, finalmente, había alcanzado lo que todos esperaban de mí. Pero pronto sentí que no era suficiente. Como si estudiar Derecho no fuera lo bastante difícil, como si no tuviera ya suficiente presión, decidí sumar Economía a mi lista de responsabilidades. Y con eso, lo único que hice fue lanzar mi salud mental por la borda.

No tenía un segundo libre. Estudiaba. Estudiaba. Me llenaba de actividades extracurriculares, de compromisos, de más cosas que demostrar. Era como si cada nuevo reto fuera una prueba, como si con cada logro intentara llenar un vacío que no desaparecía.
Hasta que mi cuerpo empezó a fallar. Yo misma empecé a fallarme. No me había dado cuenta de que la depresión me había acompañado desde el 2019… o quizás desde antes, desde los 14 o 15 años. Pero no importaba cuándo empezó, porque lo importante era que siempre había estado ahí.

Despertaba cada mañana llorando, odiando mi existencia. Me decía a mí misma que no quería seguir, que tal vez mañana sería el día en que todo se detendría. Pero el mañana llegaba, y con él, la misma lucha de siempre.

Y entonces, en el 2021, cuando mi vida ya era lo suficientemente difícil de sostener, pasó lo impensable: mis padres enfermaron.

Cuando la vida no te da tregua. La enfermedad de mis padres me obligó a enfrentarme a la muerte por primera vez. Estaban tan cerca de irse, y yo estaba tan cerca de quedarme sola.

Siempre me dijeron que mi familia era el pilar que debía sostenerme, pero ¿qué pasa cuando los pilares empiezan a derrumbarse y eres tú quien tiene que sostenerlos? Ahí entendí lo que significaba realmente crecer.

De repente, tenía que tomar decisiones que no solo me afectaban a mí, sino a las personas que se suponía debían cuidarme. Tenía que ser fuerte, tenía que seguir adelante, tenía que sostenerlo todo cuando ni siquiera podía sostenerme a mí misma.

Y así, mi salud mental terminó de colapsar. No me enorgullece decir que huí. Un día, sin pensarlo demasiado, tomé el primer bus y me fui. Me mudé de ciudad. Dejé todo atrás porque sabía que si me quedaba un segundo más, yo sería la próxima persona a la que tendrían que velar. No fue una decisión fácil, ni bonita. No fue un acto de valentía. Fue un último intento por salvarme.

Pero antes de irme, me aseguré de que mis padres estuvieran bien. Me aseguré de que todo estuviera en orden. Porque si algo me ha enseñado la culpa, es que es más fácil cargar con la ausencia que con el peso de haber abandonado a alguien que aún te necesitaba.

Cuando el miedo se convierte en tu sombra. Mudarse no solucionó nada. El vacío seguía ahí, solo que ahora tenía una dirección diferente.
Y con él, llegaron los miedos.
Miedo a salir a la calle.
Miedo a caminar sola.
Miedo a la gente.
Miedo al ruido.
Miedo a los autos.
Miedo a la vida misma.

Mi ansiedad se convirtió en algo tan grande que vivir dejó de sentirse como algo natural. Y entonces, cuando mi mente ya no podía sostenerlo más, mi cuerpo empezó a reaccionar. Los ataques de ansiedad comenzaron como pequeñas explosiones. Al principio, eran episodios cortos, manejables. Luego, con el tiempo, se hicieron más largos, más intensos, más aterradores.

Hubo un día en que creí que mi corazón iba a detenerse. Hubo otro en que sentí que me iba a desmayar en plena calle. Hubo otro en el que pensé que me estaba dando un infarto.

La ansiedad me estaba quitando todo. Incluso el derecho a existir sin miedo.

Y entonces llegó la autolesión. La necesidad de convertir un dolor abstracto en algo tangible.

Tal vez porque era más fácil lidiar con una herida en la piel que con una que no podía ver.
Tal vez porque, por un momento, el dolor físico hacía que el dolor emocional fuera menos abrumador.
Un diagnóstico y un nuevo comienzo. Cuando finalmente busqué ayuda, ya era tarde. Pero al menos no demasiado tarde.

El diagnóstico llegó:
Depresión.
Ansiedad.
Episodios psicóticos por estrés.

Los medicamentos llegaron poco después.
Antidepresivos.
Ansiolíticos.
Antipsicóticos.

Al principio, me dieron miedo. ¿Y si lo único que me mantenía viva eran las pastillas? ¿Qué pasaría cuando las dejara? ¿Iba a volver a sentir el vacío? Estuve casi dos años en tratamiento. Fue difícil para mis padres aceptar lo que me pasaba. Sentían que habían fallado. Pero yo nunca lo vi así. Si alguien falló, fui yo.

Porque nunca pedí ayuda antes. Porque me esforcé demasiado en demostrar que era suficiente en lugar de aceptar que ya lo era.
En el 2023 me dieron de alta. Mi salud mental aún tiene cicatrices, y algunas de ellas aún duelen.

Pero lo que jamás olvidaré es la tristeza de aquellos años. La gente dice que la tristeza es mental. Que si te lo propones, puedes estar bien. Que la felicidad es cuestión de actitud. Pero la tristeza que yo sentí no era solo mental.
Era una tristeza que quemaba. Que dolía en los huesos. Que golpeaba más fuerte que cualquier dolor físico.

No era algo que se iba con un "pon de tu parte".
No era algo que desaparecía con una buena actitud. Era algo con lo que luché cada día, por años.

La guerra no ha terminado, después de tantas batallas, no creo que haya ganado la guerra. La depresión sigue ahí, como un visitante silencioso que se ha instalado en el cuarto de huéspedes de mi mente, de hecho no sé si un día se irá, no sé si volverá a intentar apoderarse de mí.
Pero por ahora, parece estar tranquila.
Y yo también. Tal vez por eso he vuelto a escribir. Porque, por primera vez en mucho tiempo, el dolor no me esta consumiendo.



Capítulo 02: Cartas sin destinatario

Cartas sin destinatario

2020

Crecer en un entorno cerrado, donde el amor se nos enseña como un destino inevitable, como un hilo rojo que nos une a alguien predestinado, nos deja con una idea ingenua de lo que significa.

Él era como un viejo casete de rock ochentero de mi padre, olvidado en algún rincón y cubierto de polvo, pero que al sonar, revivía el ritmo de una época dorada. Su presencia era como una salida al malecón con una brisa suave o una noche en el bar con Hombres G y Soda Stereo de fondo. Un recuerdo hecho de canciones que no se olvidan.

La primera vez que lo vi fue en mi cena de cumpleaños. No fue un encuentro épico ni un flechazo instantáneo. Era más bien una casualidad: el invitado de mi invitado, el bajista de una banda de cochera que apenas me llamó la atención. De hecho, si no fuera porque confundió a mi amiga conmigo y me felicitó por error, tal vez nunca habría comenzado esta historia.

Aquella noche hablamos sin prisas, jugando a descubrirnos entre preguntas tontas, acompañadas de pizza y refrescos de cereza. Fue un momento simple, sin promesas ni expectativas, pero cada vez que lo recuerdo sonrió.

Los mensajes llegaron después, pero nada fuera de lo casual. No había señales de que hubiera conexión. Con el tiempo, supe que hablaba con otra persona, una amiga mía. La escuchaba hablar de él todos los días, contarme sobre sus gustos, sus sueños, sus miedos. Me sorprendí cuantas cosas teníamos en común, lo bien que nos llevaríamos, lo fácil que sería entendernos. Pero la realidad era otra: él la conoció a través de sus propios ojos, y yo lo conoci a través de los de ella. Para él, yo no existía.

Los meses se convirtieron en años y, de alguna forma extraña, cada día me sentía más cerca y más lejos de él. Veía su felicidad con ella, y ella era mejor con él. Yo era un personaje secundario en su historia, y no tenía intención de cambiar el guion. No buscaba ser la villana, no iba a arruinar algo tan bonito.

Aun así, fui parte de su vida de la manera más irónica posible. Hablaba con él, pero a través de ella. Respondía sus mensajes, compartía pensamientos, discutíamos sobre la vida y el universo, pero sin que él supiera que la persona del otro lado era yo. Era un juego silencioso, uno en el que nunca existí del todo.

Hice algo de lo que me avergüenzo, pero que no lamento. No lo hice por él, sino por ella. Ella es mi hermana, y nunca la lastimaría.

Solo una vez hable con él sin intermediarios. Fue una conversación rara, honesta. Le conté mis problemas, mis miedos, mi ansiedad. Él me miró como un bicho raro. Me dijo algo que quedó grabado en mi memoria: "No tienes suficiente amor propio como para salvarte". Fue la primera vez que alguien me lo dijo tan claro. Y aunque dolio, le agradezco por esas palabras, porque aprendí más de lo que él jamás sabrá.

Después de ese día, nunca volvimos a hablar. No cruzamos más palabras, y eso era lo que esperaba. No tenía sentido seguir una historia que nunca había comenzado. No iba a verlo de nuevo, así que ¿qué importaba?

Pero a veces, sigo escribiéndole. Cartas sin destinatario.

Sé de su vida, aunque él no sepa nada de la mía. Y aunque una pequeña parte de mí desea que algún día descubra la verdad, que sepa que era conmigo con quien compartía esas conversaciones filosóficas y divagaciones sobre la vida, también sé que es imposible. Él lo hace imposible.

Tal vez en otra vida, en otro tiempo, esas cartas sí llegaron a su destino y el hilo entre nosotros no tenía nudos. Tal vez allá sí nos encontramos.

Pero en esta vida, él es feliz y yo también. Y hay cosas que no necesitan cambiarse, porque están bien así. Así que sigo escribiendo, sigo enviando cartas sin destinatario.


Capitulo 01: CRECER

Crecer

                                                                                            

2020
Cuando eres niño, el futuro parece un juego. Siempre te preguntan: “¿Qué quieres ser de grande?” y tú respondes lo primero que se te ocurre: bombero, doctor, astronauta, maestro… o incluso fantasma. Sí, fantasma. Porque a los tres o cuatro años, la imaginación es infinita y nadie te ha dicho todavía que hay cosas más "prácticas" o "rentables". Pero crecer es darte cuenta de que la vida no es tan simple.

La primera vez que realmente pensé en mi futuro tenía siete años. Me pregunté: Si voy a hacer algo el resto de mi vida, tiene que ser algo que ame. Y lo tenía claro. Me gustaba pintar, dibujar, escribir. Eran las únicas cosas que realmente me emocionaban, las que hacían que las horas pasaran sin darme cuenta. Así que lo decidí: será artista o escritora.

Pero los sueños infantiles chocan contra la realidad demasiado rápido. Porque una cosa es lo que ama y otra muy distinta es pagar las cuentas.

Siempre fui la niña nerd del colegio. Sacaba buenas notas en todo: matemáticas, comunicación, ciencias… pero especialmente en cualquier curso donde pudiera escribir. Amaba escribir.

Y cuando eres buena en algo, la gente empieza a esperar más de ti.

Ahí empezó todo.

Mis profesores y mi familia asumieron que tenía que ser doctora, ingeniera, abogada… algo "difícil". Algo con prestigio. Algo que le diera orgullo a la familia. Porque el éxito, según ellos, no se mide en lo que amas, sino en estabilidad y reconocimiento.

¿Cómo le explicas a tus padres que quieres estudiar literatura o bellas artes sin que te miren con preocupación?

Con el tiempo, lo acepté. Escogi Derecho. No me apasionaba como el arte, pero me gustaban las leyes. Al menos lo suficiente como para estudiarlas sin sentir que me traicionaba del todo. Haría felices a mis padres y, en cierta forma, también a mí.

Pero la vida tiene formas extrañas de acomodarse. Terminé estudiando Economía también. Si ya había tomado un camino "seguro", ¿por qué no ir más allá? Tal vez así las expectativas se cumplirían del todo. Elegir una carrera es solo la primera parte de la batalla. La segunda es entrar a la universidad.

Como buena alumna, logré ingresar a varias universidades privadas. Pero no. La niña tenía que estudiar en una universidad pública.

Desde pequeña, tenía esa idea fija en la cabeza. Sonaba inspirador cuando era un sueño lejano. Pero cuando se convirtió en realidad, fue agotador.

Postulé. No ingresé en el primer intento. Perdí el año. El nuevo examen se aplazó. No quería quedarme estancada, así que consideré otra universidad, aunque no fuera mi primera opción. Sabía que tenía que esforzarme el quíntuple para lograrlo. Pero crecer es también aceptar que las cosas no siempre salen como queremos.

Crecer duele, y nadie te avisa. Un día estás en casa, jugando tranquilamente con tus juguetes, y al siguiente vives sola en una ciudad nueva, tratando de sobrevivir entre apuntes, madrugadas de estudio y crisis existenciales.

Nadie te advierte lo solitario que se siente. Lo cansado que es. Lo mucho que cuesta aceptar que el mundo no es como lo imaginabas.

A veces pienso en rendirme. En aceptarlo fácil. En conformame con lo que ya está ahí. Pero luego recuerdo que las mejores cosas son las que cuestan conseguirse.

Así que sigo. Derecho y Economía. No eran mis primeras opciones. No eran mis sueños de infancia. Pero con el tiempo, aprendió a encontrarles su propia belleza. Porque crecer es aprender a aguantar la tormenta, a perder ya volver a intentarlo. Es entender que nadie va a vivir tu vida por ti. Y que, al final, solo tú decides si sigues luchando o te dejas vencer.



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